Socialismo/liberalismo

El tiempo corroe el sentido de las acciones y palabras. ¿Qué significan hoy palabras como revolución, socialismo, izquierda, derecha, ciudadanía?

¿Por qué algunos se agitan tanto frente a las amenazas que supuestamente se ciernen sobre las libertades a causa del socialismo del siglo XXI? ¿Acaso nos llegan los gulags, las colas de racionamiento, la gris uniformidad de la vida sometida a una burocracia sin espíritu?

¿Por qué se agitan tanto los izquierdistas ante las supuestas conspiraciones de la derecha internacional para derrocar a esos modelos de socialistas, Chávez, Ortega, Zelaya, a ese gran demócrata antimperialista, Ahmadineyad? Chávez, el neomarxista, acaba de decirlo, a la vez que acusa a Obama de ser semejante a Bush.

No faltan viejos marxistas venezolanos que le salen al paso a Chávez para desenmascararlo. En este Diario se reprodujo un artículo en que se acusa al coronel de falsario: este no tiene idea, dice el articulista, de ese maravilloso instrumento científico, el materialismo dialéctico, que nos ayudaría a entender la historia y a construir el verdadero socialismo.

Pero un joven teólogo socialista del nuevo milenio tendría todo el derecho de bostezar frente al Diamat, esa burda escolástica del marxismo. Y diría que el nuevo socialismo se sustenta en la ciudadanía, la democracia directa, la meritocracia, los derechos humanos y de la naturaleza. Y en la palabra del dirigente, que como ningún otro sabe exponer el Proyecto, lo cual causa escándalo en el liberal consecuente. Porque si una revolución ciudadana cabe, no puede ser sino en esencia liberal. Y por tanto, se clama por la república, la representatividad, el estado de derecho, el respeto a las instituciones, la separación de poderes (la no injerencia del Gobierno en la Asamblea, en la justicia), la libertad de expresión.

Foucault observaba, en 1979, que los socialismos (socialdemocracia y socialismo real) carecían de una racionalidad gubernamental intrínseca, a diferencia del liberalismo. En cierto modo, se movían entre el liberalismo y la razón de Estado, el Estado “de policía” que lo había precedido. Esta ambiguedad inquieta al liberal.

A Foucault le interesaba ante todo establecer la genealogía y la génesis del neoliberalismo y su Estado, en la constitución de lo que denomina biopolítica, y las nuevas formas de control social.

Para el socialismo del siglo XXI, en economía, ya no se trata de revolucionar el modo de producción, sino de modificar la orientación de las inversiones estatales. ¿En función de qué intereses? En política, de concentrar el poder a través del caudillismo populista, la espectacularidad y, por supuesto, las elecciones.

¿Y si es este el destino del liberalismo en nuestra época? ¿Será posible inventar algo distinto?


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