Meritocracia

La crítica a la conformación del Consejo de Participación Ciudadana se ha detenido en objeciones formales. Se dice que ahí deben estar los mejores ciudadanos. Pero, ¿quiénes son los mejores ciudadanos?

Queda en el misterio la fuente de donde brota la excelencia cívica y moral que consagraron, no sin trasfondo teológico, en Montecristi. Con el concurso de méritos quisieron ir más allá de la forma liberal clásica, la parlamentaria, para superar la perversión de la partidocracia.

Escoger lo mejor implica contar con atributos que permitan la comparación entre semejantes. ¿Qué atributo permite la comparación entre ciudadanos dentro de una democracia? ¿Cómo puede haber jerarquía en la ciudadanía, sin que corroa la igualdad?

Se puede argumentar que la Ley consagra la igualdad de oportunidades. Pero cualquier socialista del siglo XXI debería saber que la Ley establece esa igualdad como meras condiciones abstractas de posibilidad, y que la diferencia de ‘capitales’ sociales, económicos, educativos y culturales la pulverizan. Tal igualdad, “indispensable para la afirmación del mérito personal en la denominada meritocracia, ha sido el arma típica de la emancipación burguesa, una emancipación vertical, que perpetúa la fractura social”, como dice Fernando Albán en un artículo reciente.

Es posible escoger por concurso un técnico, un trabajador, y hasta una modelo. Pero no hay atributo con el cual se pueda determinar la excelencia en ciudadanía: ni el grado de educación, ni el de “participación social”, ni la experiencia en la dirección de bancos, organizaciones barriales, deportivas o estudiantiles. O el esfuerzo laboral. Si se escoge arbitrariamente un atributo cualquiera, por ahí se consagra la desigualdad. Y por allí danza, sin duda, el fetiche del valor trasmutado en esencia cívica y moral.

La falta de consistencia de la meritocracia, tan cara a la tecnocracia, es la fuente de los vicios de procedimiento y de la selección controlada por el poder gubernamental. Puede danzar el Consejo Nacional Electoral en pleno para demostrar su “independencia”, pero la Constitución se armó para impulsar la revolución ciudadana. Y una revolución no puede permitirse ningún desliz que ocasione un boicot al tren de su historia.

No sé si el tren de la historia pase una vez como tragedia y otra como comedia. Pero sería cómico que se repitiese por allá, en las “alturas del poder”, la cínica frase de los liberales de hace un siglo, que hicieron una revolución para instaurar la libertad de sufragio: no vamos a perder con papelitos (currículos, certificados, títulos, examen de moral y cívica) lo que ganamos con las armas (el marketing)…

Sin sorpresas veremos funcionar al “quinto poder”. La “meritocracia” es apenas una de las falacias de la actual Constitución.


Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección: https://www.elcomercio.com/opinion/meritocracia-1.html