La revolución imposible

Después de la implosión del “socialismo real” en la URSS y Europa del Este, cuyo símbolo fue la caída del Muro de Berlín, parece que la izquierda ha abandonado en todas partes el ideal de la revolución: la sociedad emancipada del capital, la asociación de hombres y mujeres libres. Mientras el capitalismo sobrevive de crisis en crisis a enormes costos sociales, destruyendo una ingente cantidad de vidas humanas, recursos naturales y valores mercantiles, la izquierda deja de tener como objeto la revolución y la sustituye por la pragmática “realpolitik” en nombre del progreso, el desarrollo y el reformismo.

Si no es posible la revolución, dicen los partidarios de la realpolitik de izquierda, lo que cabe es impulsar el avance de las fuerzas productivas y reformas sociales que promuevan alguna redistribución del ingreso, o que al menos reduzcan los índices de pobreza extrema. Dado que no es posible acabar con el capitalismo, aunque este acabe en la esclavitud o la muerte de millones de seres humanos, la realpolitik de izquierda insiste en que al menos se puede mejorar la condición de los trabajadores a través de la inversión estatal, los subsidios y las políticas salariales, apuntando a sostener el debilitado “estado de bienestar” en Europa o a tratar de alcanzarlo en América Latina. Pero a la hora de la toma de decisiones duras, supuestamente a la izquierda no le queda alternativa si no es la de sumarse a los gobiernos que sortean las crisis económicas con la pérdida de puestos de trabajo o la reducción de los salarios para salvar al capital. Esto es lo posible, se dice.

Pero ¿cuánto hay de nuevo en esta conducta política de la izquierda? En verdad, el abandono de la idea de idea de revolución atraviesa la historia de la socialdemocracia, de los partidos comunistas y del sindicalismo. La idea de revolución, como emancipación social frente al capital, fue derrotada en la izquierda hace casi un siglo, tanto en su corriente socialdemócrata como en la vía soviética. En un caso, el partido de masas y los sindicatos terminaron por pactar con el capital monopólico la coparticipación en el poder; en el otro, el partido asumió como su empresa estratégica el impulso del capitalismo de Estado (URSS, China).

La denuncia de este abandono de la idea de revolución por parte de la izquierda ya estuvo presente en la llamada teoría crítica de la Escuela de Fráncfort, y con particular agudeza en vísperas y durante la Segunda Guerra Mundial. La necesidad de comprender lo que había acontecido en Alemania, lo que implicaba el nazismo, condujo a poner en cuestión tanto al liberalismo y las democracias occidentales, como a los procesos que condujeron a los estados autoritarios.

La crítica apuntaba a la subordinación de la política y de los Estados a los designios del capital monopólico, ya sea bajo la forma del autoritarismo o ya bajo la forma de la democracia. El autoritarismo no solo se gestó en los partidos nazi y fascista, sino también en los partidos de masas (liberales o socialdemócratas), en los sindicatos, en el Estado soviético. La cadena de mando, la supresión de la democracia, de la disensión o discrepancia, fueron fermento del estado autoritario. A ello se sumó, en el nazismo y el fascismo, la demagogia del “estado popular”, la espectacularidad vinculada a las modernas tecnologías de la comunicación.

Durante décadas se ha sostenido que los diagnósticos “pesimistas” sobre las consecuencias de la derrota de la revolución y la constitución de los estados autoritarios (derrotados a su vez en la Segunda Guerra y luego con el derrumbe del “socialismo real”), que a su juicio incidirían en la continuidad de formas autoritarias aun a través de las “democracias occidentales”, eran sustancialmente erróneos. El equívoco de la teoría se evidenciaría en los estados de bienestar, en el avance del liberalismo y la autorregulación del capitalismo.

En ese contexto, la izquierda se tornó pragmática, “realista”. Se hizo eco de la vieja divisa que tanto gustaba al canciller Bismark: “la política es el arte de lo posible”, que cambia poco si se adopta la versión más analítica, “la política es el arte de hacer posible lo necesario”. En efecto, ¿cómo y desde qué lugar se establece lo posible o lo necesario? ¿Desde las contingencias de la acumulación capitalista? ¿Desde la temporalidad homogénea del progreso, en el que se encuentran la acumulación capitalista y el desarrollo de las fuerzas productivas en la época de las tecnociencias, y la consiguiente renta manejada por los monopolios tecnológicos?

Horkheimer, en el célebre ensayo “Estado autoritario” que dedica a Walter Benjamin en 1942 y que se publica junto a las “Tesis sobre la historia” de este último, apunta que “la política, según una frase hitleriana, no es el arte de lo posible sino de lo imposible”. Con ello se refiere a la irracionalidad y locura de lo existente, de los extremos de sumisión y barbarie a los que fue conducido el pueblo alemán por el nazismo. El desafuero de la imaginación que caracteriza al nazismo se contrapone a la falta de imaginación de la realpolitik de acomodo, y sustituye en esas épocas oscuras a la imaginación revolucionaria.

Pero se podría decir también que la revolución es lo imposible. Lo es desde la óptica del tiempo homogéneo, de la historia del capitalismo que subsume a la sociedad. Lo es, por tanto, desde la perspectiva del progreso de la modernidad existente (y de sus caídas en crisis económicas y formas autoritarias de dominio político). Lo es, por tanto, desde la perspectiva de la realpolitik, del “arte de lo posible”. 

Esta última es incluso la perspectiva ilusoria de los jóvenes del 68 que levantaban la consigna “lo posible es lo que puede hacerse de inmediato; lo imposible, lo que toma un poco más de tiempo”. Solo la ruptura con ese tiempo lineal, homogéneo, progresivo, devolvería la posibilidad de la revolución, que implica otra temporalidad.De alguna manera, la libertad que puede incorporarse en la dimensión cotidiana de la existencia y el arte de vivir soberanamente, en modos diversos de asociación libre y hospitalidad, es por hoy el lugar de lo imposible. A ese espacio pertenece lo que podría ser un renacimiento del pensamiento crítico en este nuevo siglo.


[Publicado originalmente en la revista Trashumante (I), No 8. 2010.]